Hace poco compartí un poema de David Escobar Galindo (el que se puede leer en la imagen), y me di cuenta por medio de la respetable opinión de un poeta del medio (al cual no he tenido la oportunidad de leer, pero de quien me han hecho comentarios muy elogiosos, lo que me hace tener fe en su criterio), que el mentado poema, que lleva por título “Homenaje”, puede resultar ofensivo para algunos lectores (sin que haya sido la intención del autor), e imperfecto para quienes tienen bastante buen criterio.
Eso me resultó muy interesante, y en vista de que me parecieron insuficientes las explicaciones del amigo poeta (posiblemente porque no soy realmente un experto en esta área), le pedí que hiciera el ejercicio de analizar el poema con herramientas académicas, y en un medio diferente a este, a lo cual él no accedió. Y como no logro coincidir con sus observaciones, me avine a hacer yo mismo el ejercicio de examinar el poema con un poco de rigurosidad, teniendo a la vista criterios académicos, pero sin llegar a hacer un estudio tan acabado, dados los límites del medio en que publico esta chorrera de letras.
Me pareció que el método analítico de Fernando Lázaro Carreter y Evaristo Correa Calderón en su libro “Cómo se comenta un texto literario”, era el que mejor se prestaba para este ejercicio, dado que puede emplearse de una manera elemental y, cuando se requiere, de una manera harto compleja. Además, ya lo he usado en el pasado y me ha dado resultados satisfactorios. Desde luego, entiendo perfectamente que cada método tiene sus límites y que los textos literarios arrojan diferentes riquezas si se les examina con métodos y enfoques diferentes. De igual forma me parece excelente que cada lector tenga su opinión propia acerca de los textos que lee, porque así saca buen provecho de ellos.
Sin embargo, dado que el amigo poeta fue muy tajante en sus valoraciones, no tomándolas como una opinión, sino como algo con fuerte criterio de verdad, me veo motivado a emplear herramientas científicas (sí, científicas… es lo que más se acerca en estos fenómenos humanos) para verificar si el poema realmente causa un efecto tan contrario a lo que yo he sentido al leerlo. Al no ser tan diestro en la materia, no puedo ser tan tajante, y considero verdaderamente importante verificar mis opiniones hasta donde me sea posible.
En primer lugar, vale recordar que todas las partes de un texto son solidarias entre sí, y están orientadas a comunicar con eficacia su mensaje. La forma va a ser el soporte concreto que dé vida al fondo. Esto quiere decir que por la comprensión de la estructura de un texto podemos llegar a una cabal comprensión de lo que dice y significa. Y, viceversa, se puede identificar la estructura, cada una de las partes en las que se divide el texto, a través del tema que éste desarrolla.
En el poema de Galindo identifico tres partes que sostienen la estructura y permiten que se despliegue el contenido. La primera está compuesta por los primeros cinco versos, y nos plantea un mundo ideal, etéreo, en el que mujeres ideales (“grandes mujeres”) del “laberinto homérico” se descalzan y caminan por un río de oro y arenales donde sólo habitan estrellas… Es decir, una especie de Olimpo al que no tiene acceso el ser humano común y corriente, sino sólo los dioses y, a lo mucho, los héroes de la Grecia antigua, aquellos que leemos en la épica de Homero, y que eran capaces de igualar en belleza, bondad y fuerza a los mismos dioses (no olvidemos a Diomedes arremetiendo contra el propio Ares / Marte en la “Ilíada”, y que Helena fue la causa de una guerra en la que participaron los mismos dioses).
La segunda parte la constituyen los versos 6 y 7, y es un desplazamiento que hace la mirada del poeta, que va de esa especie de “Topos Ouranos” a un mundo más concreto en el que se nos sugiere hay “ventanas cubiertas con hojas de libros”. Aunque la imagen es un tanto surrealista, Galindo nos deja clara la distancia entre el mundo ideal y ese otro lugar, al decir “Allá a lo lejos”. Sin duda, se refiere a un mundo más terrenal.
La tercera y última parte está compuesta por los últimos cinco versos, y representa una verdadera antítesis o contraposición de la primera parte, ya que el poeta rompe con toda la idealidad de ese primer mundo, y nos habla de una campesina llamada “María Guzmán”, que se dedica a echar tortillas y cuyas características físicas y espirituales él conoce y recuerda claramente, a diferencia del primer mundo, al cual desvirtúa junto con sus habitantes (aquellas mujeres ideales) al decir que “entre todas sólo conocí a la señora María Guzmán”.
¿Qué mensaje está siendo sustentado por esta estructura? El poema se titula “Homenaje”. ¿A quién se está homenajeando? ¿A las “grandes mujeres del laberinto homérico” a quien le han cantado no sólo los griegos, sino los parnasianos y medio mundo de poetas? No parece, ya que el poeta, a pesar de haberlas enfocado primero, dice desconocerlas, y ni siquiera las refiere por su nombre, por lo que se vuelven más etéreas e irreales (y posiblemente por ser irreales las toma por “ciegas”, ya que, al ser irreal el mundo en el que se mueven, no hace falta tener visión ni conciencia, no hace falta tener humanidad). La única figura de mujer que se alza y se impone en sus recuerdos es la de María Guzmán, a quien no nos describe a detalle, lo cual indica que podría ser cualquier “niña Mari” que echa tortillas o se dedica a trabajar y a sostener su hogar de diversas maneras. Es esa mujer esforzada, concreta y hasta defectuosa la que parece estar siendo homenajeada por él. Es la mujer campesina prototípica de nuestras tierras, y no los prototipos de perfecta belleza y perfecta irrealidad que nos muestra la épica y escultura griega. No debemos olvidar que la cultura griega ha ejercido y ejerce una enorme influencia en el desarrollo de la sociedad occidental, por eso decía que la referencia a Homero no es gratuita; pero ha habido y hay artistas y escritores que se han avenido a romper el molde y a reconocer la belleza de lo que se nos muestra en la vida cotidiana, todo aquello que muchas veces se toma como vulgar, anti estético. Galindo está lejos de ser el primero y el último, no es necesario poner ejemplos.
Galindo nos está diciendo que María Guzmán, la mujer salvadoreña común, merece ser tan homenajeada y reconocida como la mítica Helena, o cualquiera de esas “grandes mujeres”, o incluso más que ellas, dado que doña María es más real y echa las tortillas que sustentan nuestras egocéntricas vidas (jajaja). Los versos que hablan de “ventanas cubiertas con hojas de libros” parecen estar trasladando la ceguera de las “grandes mujeres del laberinto homérico” a los poetas y a todos aquellos que forman el excelso edificio de la Cultura moderna, porque esa misma alta cultura, representada por las hojas de los libros, tapan los ojos de esos eminentes edificios (los de su conciencia misma) y les impide reconocer que en realidad están lejos de ese mundo etéreo, y que lo concreto y cotidiano tiene su valor y merece su atención.
Llegados a este punto, conviene tomar algunos de los criterios que me compartió el amigo poeta del que hablé (omito su nombre por respeto), para ver por qué pienso que se equivoca en pensar que Galindo insulta (sin quererlo) a María Guzmán al decir que es “ignorante”(recuerda, entre otras cosas, “su ignorancia”), y por qué considero que el poema, sin ser una obra maestra, tiene todo en su lugar y no me parece necesariamente imperfecto (puede ser, no digo que no, porque no soy experto ni tengo la verdad definitiva, pero no creo que sea algo “necesario”, estricto, como podríamos decir que una lavadora está “defectuosa”; en arte y literatura eso es más difícil de identificar, y se analiza y valora de acuerdo a criterios que varían entre maestro y maestro, y es que muchos grandes poetas han tenido y tienen criterios opuestos al momento de componer literatura, y no por ello han dejado de hacer un magnífico trabajo).
El amigo poeta, en su enfoque de análisis, no ha identificado esta estructura que aparece muy clara aplicando este método que hoy presento, la cual se despliega en perfecta armonía: dos mundos, uno etéreo y otro concreto, cada uno descrito con cinco versos; y una transición de dos versos, que nos bajan lo suficiente del Topos Ouranos y nos preparan para entrar al mundo más concreto. Ese momento de transición es justamente la alta cultura, el lugar donde se conserva, venera y reproduce la idealización de los griegos. Lo cosmológico real se degrada un poco al convertirse en “mitología”, en “cultura”, al reconocer su irrealidad al tiempo que se reconoce su grandeza en tanto alta cultura. Y luego caemos en perfecto tiempo a ese mundo concreto. Vista de esta manera, la estructura es eficiente, armónica y elegante. Contrapone dos macroimágenes opuestas, y no sólo se decanta por una, sino que traslada el honor, el homenaje, de una a la otra, hace una especie de síntesis en la que la naturaleza divina, respetable, se traslada a un ente concreto. Bajó el cielo a la tierra.
El amigo poeta no identifica esta estructura porque me afirma que los versos iniciales describen (imagino que metafóricamente) “el paisaje del lugar donde vive” la señora. Posiblemente por esa confusión, siente, a su gusto, que los adjetivos “grandes” y “homéricos” son “excesivos”, y, por ello, el inicio del poema le parece “grandilocuente”; y el poema en su totalidad, “deshonesto”. Al no entender la estructura, el amigo poeta afirma que es mejor prescindir de los versos que hablan de las ventanas cubiertas con hojas de libros (de hecho, esta parte le parece “pedante”), así como de los mentados “laberintos homéricos” (la referencia a Homero parece serle gratuita). Él interpreta que Galindo quiere decir que todas las mujeres, incluyendo la señora Guzmán, “van a un río que deslumbra con el reflejo del sol sobre la arena”. Galindo no llega a afirmar tal cosa, porque primero habla de las “grandes mujeres” (las ideales, las homéricas) y luego habla de “entre todas” las mujeres, ampliando el rango, incluyendo a prácticamente todas las mujeres que él recuerda (las literarias que sin duda leyó y las de la vida cotidiana).
Y, por último, el amigo poeta considera inadecuado hablar de la “ignorancia” de María Guzmán, y que al hablar de ello Galindo la insulta. Afirma que pudo haber buscado una mejor palabra. De mi parte, no pienso que la palabra “ignorancia” y decir de alguien que es un “ignorante” sea algo peyorativo en todos los casos; en este en concreto, no me parece peyorativo, dada la estructura del poema y la relación de sus elementos. ¿No es la ignorancia una característica del pueblo salvadoreño? ¡Por supuesto! ¿Por qué entonces atenuar esa realidad? ¿No han votado muchas tortilleras por nuestro queridísimo mandatario? ¡Somos ignorantes!, y no sólo María Guzmán, sino los que ven el mundo desde el gran edificio de la Alta Cultura, cuyas ventanas están tapadas por páginas de libros. Galindo descubre no sólo la ignorancia de María, sino de todos nosotros, que pensamos que el olor de jazmines (que es concreto y agradable al olfato, se podría decir que divino) viene de las Helenas, y no de las Marías Guzmán. Ese perfume de los jazmines que inspira a los poetas bucólicos, parnasianos, románticos, y del cual confunden su origen porque el vidrio del espejo está roto, y no se logra ver claramente la imagen de la mujer campesina. Ese mismo espejo que nosotros mismos rompimos, así como echamos las persianas de los libros sobre nuestros ojos y nos negamos a ver.
La palabra “ignorante” resulta fea y hasta ofensiva cuando vemos el mundo con ojos demasiado griegos, exigiendo del arte esas figuras perfectas de la escultura griega, esas figuras que no conocen las arrugas y las imperfecciones del mundo real y de la escultura posterior (la helenística, romana). Y, sobre todo, no nos gusta la palabra “ignorante” porque nos recuerda nuestras propias imperfecciones; nos recuerda que no lo sabemos todo, que siempre seremos ignorantes en una y mil cosas del mundo y de nosotros mismos; nos atraviesa la lanza de la sinceridad en el tan venerado cuerpo del orgullo. La ignorancia es la arruga espiritual que no nos gusta mentar; pero, si somos honestos, hemos de aceptar que ahí está, es real, e incide en nuestras vidas, nos pertenece.
Repito, puede que el poema no sea una obra maestra, pero tiene todo en su lugar.
El amigo poeta afirma no querer ser académico, y, sin embargo, es rotundo cuando brinda su opinión sobre este y otros poemas… ¿No es la verdad algo que busca la ciencia? ¿No es la academia quien nos puede dar herramientas científicas que, sin ser perfectas, nos ayudan a comprender mejor a los poetas? Pretender tener criterio de verdad y prescindir de la academia es, a mi ver, un vicio de los escritores de nuestro medio. Se quejan de que no tenemos una crítica literaria bien desarrollada, pero insisten en arrugar la nariz cuando se habla de la academia, olvidando que hasta el propio Roque investigó y escribió con rigor académico, cuando fue preciso. No se quieren tomar el esfuerzo de investigar y escribir con herramientas académicas, y gustan de escribir columnas y ensayos libres en los que sólo acumulan adjetivo tras adjetivo para hablar bien de un chero o echarle tierra a un texto que no les gusta (y más si es de alguien que les desagrada).
El académico jamás le dirá al poeta cómo hacer su trabajo; pero si queremos reconocimiento para nuestra literatura, comencemos a apreciar un poco los recursos académicos, que pueden aportar criterios importantes para mejorar nuestras lecturas y análisis. Y si no queremos ser académicos, ¡perfecto! Pero no seamos tan tajantes, porque ni el académico ni nadie, ni escuela ni movimiento literario, tiene la verdad absoluta sobre cómo componer verdadera poesía.
Buenas noches y buen provecho.

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