Hace un par de meses mantuve una discusión literaria con el señor Roger Guzmán, hombre letrado y poeta de mucha calidad. Dicha discusión se llevó a cabo a través de comentarios de Facebook, y tuvo por principal excusa la publicación de un poema de David Escobar Galindo titulado “Homenaje”, y que fue publicado por la Editorial Universitaria (UES) en la antología Poesía a mano (1997), cuya selección y notas estuvo a cargo del también poeta Joaquín Meza.
De este microscópico sismo surgieron dos réplicas: “Mi opinión sobre un poema de Galindo (y el habitual desprecio a la academia)”, escrito por mi persona y publicado en mi perfil de Facebook; y un ensayo titulado “El espejismo del consejo: poetas jóvenes y la falsa ofensa”, escrito por Vladimir Amaya y publicado en su sitio web titulado “El Borracho Abstemio”.
Mi intención con esta “respuesta” es la siguiente: publicar con mayor formalidad un ensayito que nació de una publicación de Facebook y que se escribió para ser leído ahí. Dado que la discusión superó la frontera de las redes sociales, es menester que también mi réplica supere dicha frontera. Además de eso, y puesto que el texto que produje fue concebido en diálogo con Roger Guzmán, pretendo completar los razonamientos del señor Amaya con el señalamiento de otro fenómeno que mantiene alguna relación con la “inmadurez estética” que se aborda en su texto, y que no deja de ser de gran interés para nuestro medio: el sectarismo literario (¡chan-cha-cha-chan!).
Para contextualizar mis palabras:
De la discusión “bizantina” entre Guzmán y vuestro servidor, al señor Amaya sólo le interesó una cosa, y fue precisamente uno de mis comentarios más acalorados de la discusión, el cual reza de la siguiente manera: “Por último, lamento mucho las actitudes que a veces ustedes los escritores toman. No lo veás como un ataque, porque no lo es. De repente sacan pecho y quieren dictar las normas a los demás, tipo ‘el poema debería ser así’, ‘el poema debería terminar aquí’, ‘nombre, esto sí es un poema, pero…’ Creo que entre el poema de Galindo y tus palabras, las tuyas terminan siendo las que ven desde arriba”.
Espero el lector perdone que me cite yo mismo, y es que la “autocita” es algo de muy mal gusto; pero puesto que se trata de una “cita de cita”, de seguro sabrá restarle importancia y no lo tomará como una falta de cortesía.
A partir de esta cita, el eminente e indiscutible señor Amaya compone su ensayo en el que expone cómo los jóvenes y los no tan jóvenes no suelen discernir entre un consejo que les ayuda a crecer y una aparente imposición estética, siendo así que pasan la vida sin aprovechar las oportunidades de crecimiento que les ofrece la crítica de escritores más experimentados y excelsos. Dicho esto, y no queriendo imitar a Perogrullo, diremos que el torrente de coherencia que sale de la pluma del señor Amaya, se sintetiza en el siguiente dicho popular: “el que toma consejo, llega a viejo”.
No seré yo quien ose criticar una de las producciones más refinadas y constatadas de la sabiduría popular. Sólo se crece subiendo sobre los hombros de todos los que se esforzaron y sudaron la gota gorda antes que nosotros. ¿Acaso esto es discutible?
Sin embargo, me llamó la atención que un poeta tan eximio se metiera a una discusión tan “bizantina”, y que un nombre tan anónimo como el de vuestro servidor apareciera en un sitio donde se publica tanta cosa importante y bien escrita. Al mismo tiempo, no me dejó de sorprender que el señor Amaya hubiera tomado lo peor de una discusión que, de todas formas, ya le parecía que se enredaba en detalles insignificantes… Y, además, no deja de ser evidente que me tocó a mí el papel de chivo expiatorio que el sumo sacerdote sacrifica en honor de la Verdad y la Salvación de un pueblo literato que clama por creer en los héroes de capa blanca y culo talqueado que dan su merecida azotaina a los villanos demoníacos y sulfurosos de la alteridad.
Bueno, riámonos un poco del demonio: juar juar juar juar.
Pero en honor al chivo, y porque hasta a Nerón (el chucho) le sobaron alguna vez el lomo, aclararé un par de cosillas y brindaré una muy humilde y hormiguezca opinión acerca de los bien justificados y documentados (no nos vaya a salir algún Trump) argumentos del señor Amaya.
En primer lugar, aclarar (mejor dicho, enfatizar) que el texto en discordia (el cual el lector tendrá a su disposición al final de esta larga perorata) no es de mi autoría, sino del señor David Escobar Galindo, como ya antes dije. ¿De dónde salió que en mi muro apareciera este poema? Pues resulta que con el Círculo Literario porque nadie te quiere tenemos un programa de difusión literaria (parecida al del señor Amaya, pero más chorriada y menos clarividente) en el que, de vez en cuando, publicamos en nuestra página de Facebook algún fragmento literario que pueda mover al público a interesarse en el autor y el libro en cuestión. También hemos producido y publicado vídeos educativos que, me place decir, han logrado su objetivo al ayudar a que lectores noveles se enteren de la existencia de ciertos autores nacionales y los libros que contienen sus mejores realizaciones literarias. En este contexto, se hizo un vídeo sobre Poesía a mano y se publicaron algunos de los poemas que contiene la obra.
A Roger no le gustaba el poema de Galindo y a mí no me parecía tan malo. A Roger le parecía ofensivo, a mí no. En ello radicó toda la discusión. ¿Por qué le recrimino a Roger que trate de corregir el poema ajeno? Porque su método de análisis, o al menos el que aplicó en esa discusión, consistía en recrear y depurar el texto para encontrar sus posibles fallas y así ponderar mejor su valor estético. Es decir, Roger asumió el análisis del poema desde la posición de creador, con disposición de taller, enfrentándose a un texto borrador y no a un texto acabado que tiene su historia literaria (contexto), al igual que su autor (biografía, estilo, influencias literarias, etc.). Y es así como terminó haciendo una acertada exposición de por qué él no escribiría un poema de esa manera y con esas características, lo cual no me dejó satisfecho, pues su método me parecía enriquecedor sólo para sí mismo, como poeta que trabaja una y otra vez su estilo y su palabra, pero que se queda en un plano demasiado subjetivo al momento de tratar de ponderar objetivamente el valor estético del poema ajeno y, lo que es para mí más importante, dilucidar la intención de David Escobar Galindo, el mensaje que quiso transmitir, las sensaciones que aspiró a provocar en el lector.
De esto no da cuenta el insuperable señor Amaya. ¿Por qué? ¿Acaso no es él también un académico? Su biografía dice que lo es, y es incuestionable y conocido de todos su grado académico y su labor docente. Él habla de crítica literaria en su ensayo, mas no nos aclara por qué la crítica de Roger al poema de Galindo está bien hecha. De hecho, después de haberme puesto como ejemplo, prefiere hablar de los jóvenes necios que no aceptan críticas a sus PROPIOS escritos:
“El error de fondo radica en creer que todo comentario sobre escritura es un mandato. Algunos poetas jóvenes (y otros no tan jóvenes) —por inseguridad o por un exceso de orgullo— interpretan las observaciones ajenas como intentos de censura. Es una forma de inmadurez estética: confundir la libertad creativa con la incapacidad de recibir crítica. El escritor que no soporta escuchar una opinión distinta sobre su texto demuestra que aún no distingue entre su obra y su ego.”
Incluso será más tajante y lapidario en esta otra cita: “los verdaderos poetas no temen a la crítica, la buscan. Entienden que cada comentario puede servir como espejo, aunque refleje algo incómodo. En cambio, los nóveles que se ofenden ante toda observación demuestran que aún no aman la literatura, sino solo su reflejo en ella”.
Como insignificante hormiga novel, perfumado gusano que se arrastra por las sombras, citaré como contrargumento las palabras dichas por un ishvalano en la poderosísima primera serie de FullMetal Alchemist (2003): “¿Eso es lo que crees? Bien, no serías el primero en ver ojos y pieles diferentes y voltear: ¿quién creería que ese otro pudiera tener el mismo espíritu que tú?”
Riámonos un poco más del demonio: juar juar juar juar.
Al decir “los verdaderos poetas” el señor Amaya reactualiza la sempiterna invocación de pureza que realizan los poetas, escritores, artistas y críticos en toda disputa entre escuelas a lo largo de la historia. Y, sin embargo, el señor Amaya declara poseer esa verdad, así como lo proclamaron todos esos hombres ilustres a lo largo y ancho de los benditos y sublimes siglos de gloria humana.
¿Será…? Yo doy por bueno ese criterio, así como doy por bueno el dicho popular, aunque, por supuesto, no seguiría el consejo del venerable anciano borracho, irresponsable, con hijos regados y que llega a casa a pegarle a su mujer. Y es que el propio Vladmir nos lo aclara: “Ni todo consejo debe seguirse, ni toda crítica debe rechazarse”. E insiste con aquello de la inmadurez estética en esta otra cita, la cual ponemos aquí por parecernos de un riquísimo estilo ensayístico, y no queremos que el público lector se lo pierda, aunque nos veamos un poco metidos en los zapatos de Perogrullo:
“El error de muchos poetas noveles consiste en vivir la literatura como una prolongación de sus inseguridades: se sienten atacados cuando alguien les señala un descuido técnico o una frase débil, como si el juicio literario fuera una afrenta personal. Esa susceptibilidad revela una falta de madurez que impide la autocrítica”.
¡Sublime!
Ahora un momento de aplausos para todos los sumos sacerdotes del mundo: plac plac plac plac.
Llegados a este punto, y ya que hablamos de sacerdotes, he de hacer una confesión y un acto de contrición: bueno, resulta que yo… ejem… No suelo defender a capa y espada mis creaciones literarias. ¡Ya! ¡Lo dije! Ya pueden tirarme tomates en la plaza del pueblo. Los amigos que me conocen y me leen saben que no suelo hacer grandes apologías de lo que escribo; de hecho, les digo y les recalco que no estoy completamente conforme con mis textos menos deformes. Hasta el momento, no creo haber escrito algo que merezca ser guardado, salvo, quizá, algún ensayo sobre Salarrué, sólo que en esos casos el mérito completo es de Sagatara, no de mi prosa y estilo trabado y aburrido. He de confesar que lloro por las noches pensando en mi insignificancia, poca calidad y raquítico bagaje literario; soy ese joven (o no tan joven) inseguro del que habla Vladimir… pi pi pi pi pi pi. Pero, lamento decepcionarlos, no soy ese que piensa que ya lo tiene todo hecho y que la crítica literaria es una imposición o un ataque. Si algo le pido a los que me leen, es que me critiquen, y valoro sus críticas.
Lo que no me gusta, y he de aceptar que me aburre, es la pseudo crítica literaria que pretende tener validez universal sin siquiera cuestionarse el problema del método, y por eso reaccioné a Roger con las palabras que ya todos conocen. Para mí, toda búsqueda de conocimiento, así como toda búsqueda creativa, tiene un método. Cada método es, sin duda, muy bueno, porque es un camino, una opción; pero cierto es que no todo método es oportuno en cada caso y en todo momento. Hay métodos adecuados para un fenómeno y otros adecuados para otros. Simple.
Ahora, retomemos mis declaraciones inmaduras (las que citó el señor Amaya, no todo este ensayo) y cuestionémonos realmente su invalidez. ¿Es tan cierto que digo una falacia? Esa frase, escrita en un momento de discusión áspera y espontánea, ¿dice algo realmente incorrecto? ¿Qué es lo que digo, en síntesis? Dejemos a un lado el hecho de que esas palabras fueron escritas en un contexto que omite la publicación de El Borracho Abstemio, y vayámonos por el lado de cómo han sido tomadas por Amaya. Según su línea, yo digo algo así como que hay escritores consagrados que se ponen petulantes, y desde su olimpo venerable quieren marcar los caminos legítimos de los autores noveles al mismo tiempo que rompen en mil pedazos los poemas de éstos. ¿Es eso una mentira? A ver, no me dejen mentir, se los pido por favor: ¿no nos ha pasado a todos alguna vez que nos hemos topado con un maestro que hace justamente eso? ¿No son muchas las anécdotas que se cuentan de escritores consagrados (no diré nombres, porque con dos tengo más que suficiente) que humillan a los inocentes e ingenuos poetas principiantes? ¡Claro que sí, se cuentan esas historias! Yo he visto y vivido algunas. Y es que nuestro mundillo literario no es tan complicado: o buscan capital social, o buscan que los adoren, o te quieren coger, o quieren ponerse a verga y drogarse, o buscan reafirmar su supuesta grandeza humillando, o buscan sinceramente nutrirse de literatura y hacer amistades orientadas en ese sentido. De todo hay. Y si algo abunda, es el EGO, que no se funde en las cabezas para fijar un peinado, sino que se aloja en los cerebros para defender una existencia (que algo de miserable tendrá…).
Mi frase, incluso entendida en el sentido al que la orienta el señor Amaya, dice algo que puede ser verdad. Y si no lo es, que lo demuestre alguien, porque el señor Amaya no quiso ocuparse de eso, sólo colocó la cita para ejemplificar una actitud. ¿Qué hay entonces detrás del ensayo del venerable señor Amaya? Creo, sinceramente, que la verdad no es tan complicada; pero comenzaré citando a un intelectual al que respeto mucho, y que, como muchos otros, no se unió públicamente al debate, pero me hizo saber sus impresiones en privado:
“Las cosas acertadas [del ensayo de Amaya] son las mismas que vos y yo sabemos por idiosincrasia, por Ethos, no son cosas acertadas por una reflexión profunda o por un descubrimiento de la intuición filosófica o en la revelación junto a Dios [juar juar juar juar]. Son cosas cotidianas como decir: acepte un consejo y llegue a viejo. Lo que quiero decir con esto, es que más que un artículo digno de ser leído, es un comentario a priori, sin fundamento relevante.
Lo que logro ver sin darte toda mi reflexión, es que cae en la trampa de sí mismo. Es decir, ‘no acepta consejo’, y su artículo se convierte en una imposición normativa: acepta los comentarios de los experimentados”.
Los corchetes, desde luego, son míos. Ahora, pongamos las cosas en su lugar y digamos lo que ya es obvio: el señor Amaya parte de una falacia, de la suposición de que, en la discusión “bizantina” que leyó en redes sociales, el poeta mayor y experimentado tenía la razón por ser precisamente mayor y experimentado, no importa qué haya dicho o cómo hizo el análisis y la crítica. Es decir, Roger tiene razón por ser mayor y más experimentado. Y reducido a su mínima expresión: Roger tiene razón por ser Roger. O sea, el señor Amaya parte de un mal razonamiento en sentido estrictamente formal: parte de una falacia ad hominem, la cual lo arrastra a un ipse dixit que no logra sortear por más que lo intente, ya que su reacción al comentario bizantino, al no dar cabal cuenta de éste al tiempo que toma partido por uno de los contendientes, apela a la autoridad de la edad y trayectoria de su amigo Roger y de la suya propia. A este tipo de razonamientos es mejor responder como el propio Aristóteles habría respondido a quienes lo erigieron como máximo criterio de verdad: amicus Plato, sed magis amica veritas.
Desde luego, no culpo a todos los lectores y escritores que, maravillados por el excelente estilo del señor Amaya, aplaudieron sus razonamientos y aprobaron el juicio hecho al chivo expiatorio, representación democrática de todos los chivos del mundo. Eso es completamente comprensible, al igual que el hecho de que la mayoría de lectores no sepan o no recuerden nociones elementales de lógica, y no porque no filosofen de verdad durante todas sus discusiones (bizantinas o no), comprendo perfectamente que existen agudos filósofos autodidactas (como Masferrer) que no necesitaron ir a la academia para aprender a pensar críticamente. Sin embargo, aunque el haber cursado filosofía en la universidad no me da el estatus de “filósofo”, sí me da algunas herramientas críticas que me sirven y por eso utilizo. Claro, el señor Amaya seguramente sabrá más de filosofía y por eso mismo sabe diferenciar a los verdaderos filósofos (como a los “verdaderos poetas”) de los que simplemente “deciden” “considerarse poetas o filósofos”. Por lo tanto, es innegable que él conocía el error lógico en el que estaba incurriendo, y bien sabe, seguramente, que todo gran escritor, así como se ha nutrido de sus antecesores, ha necesitado romper con sus maestros, superarlos, disentir, optar por otro camino.
Me perdonará el lector que, en mi condición de hormiga escarbadora de la tierra, me atreva a referir el caso de un poeta universal (antes de citar al ishvalano de FullMetal, quise citar al ilustre Descartes, pero rápidamente vino la cultura de masas a mi rescate), pero ciertamente es el primero que se me viene a la mente y no me place rebuscar demasiado mis palabras para esta humilde réplica. Resulta que Rimbaud es el perfecto ejemplo de un poeta joven que poco ha recorrido y que se atreve a cuestionar y romper con los criterios heredados por sus ídolos, los parnasianos. Recordemos cómo uno de sus admirados “maestros”, Banville, sorprendido ante la novedad absoluta de “El barco ebrio”, se atreve a sugerirle, desde el gran caudal de su sapiencia, experiencia, etc., se atreve a sugerirle, digo, que comience el poema diciendo “Yo soy una nave, que…”, ya que el poema ciertamente responde a lo que en poesía moderna después se llamó “metáfora absoluta”. Rimbaud no le hizo caso, ¡y gracias a todas las musas que no le hizo caso! Su poema ahora es una de las mayores realizaciones literarias de la historia. Y ahora permítanme una pregunta pensada en voz alta: ¿será que el señor Guzmán o el señor Amaya, en toda su sagrada buena intención, no habrían aconsejado de igual manera que Banville a un precoz Rimbaud que apenas comenzaba vivir? ¡Las musas lo sabrán!
Desde luego, Rimbaud es uno de esos genios que nacen cada cien de años o más, y yo estoy lejos de ser algo semejante a un genio… apenas procuro escribir con algo de buen ingenio, sin lograrlo mucho (juar juar juar juar). De lo que se trata aquí es de evidenciar que el viejo conocedor no siempre tiene la razón, y que yo, al igual que todos los jóvenes, estoy en mi derecho de estar en desacuerdo con las vacas sagradas del medio (y las no tan sagradas, vacas todavía flacas que, aunque les falta forraje, ya se enorgullecen de su par de cachos).
Sabiendo esto el señor Amaya, y habiéndolo practicado él mismo, ¿qué le movió a escribir un ensayo tan redundante (aunque bonito, hay que decirlo) y a ponerme como el chivo de chivos o cualquier chivo (lo mismo da)? La verdad absoluta, sólo él la sabrá, sin duda; no olvidemos que es el sumo sacerdote en todo esto (j-u-a-r-j-u-a-r-j-u-a-r y juar). Si a mí me preguntan, creo que su reacción responde a razones más humanas que filosóficas, y me recuerda mucho a un promotor cultural que gustaba de hacer declaraciones polémicas para llamar la atención, y cuando yo le debatí sus ideas de manera pública, él no dejó de acudir a mí en privado para decirme: “¿cuándo aprenderá usted a corregir en privado?” Me conmovió lo que me dijo, y me apiadé mucho de un pobre espíritu al que le gusta confundir y desinformar públicamente a las tantas personas que de buena fe le creen, con tal de escuchar los aplausos y a la vez presentarse como mártir atacado por todos los portadores de Mentira. Sin embargo, como promotor de cultura, es responsable de todos esos que le tienen como referente, y no dejé de manifestarle mi opinión, la cual procuré fundamentar lo mejor posible para ver si lo hacía entrar en razón. Desde luego, prefirió bloquearme, no fuera a ser que perdiera a sus fieles adeptos…
¿A qué viene esta vulgar anécdota? Bueno, a que a los escritores les importa mucho su reputación, lo cual no censuro, al contrario, me parece muy bien; lo que censuro es que sea a costa de una búsqueda sincera de la verdad. Si alguien se equivoca, ¿qué más legítimo que buscar orientarlo? Si yo me equivoco, ¿qué más legítimo que aceptar mis errores y agradecer la orientación? Pero si no me refutan con evidencia, con argumentos bien estructurados, me permito seguir dudando, no por ego, sino por cuidar bien de mí mismo, de mi crecimiento. ¡Ya tuve suficiente con creer muchas mentiras de sacerdotes, gobernantes y gente de reputación en mi niñez y temprana juventud!
Creo que el señor Amaya salió a la defensa de su amigo Guzmán. Simple. Y, según él, puso en su lugar a un mocoso impertinente. Se lo habría pensado dos veces si en lugar del mocoso hubiera sido una vaca sagrada o semi sagrada, con algún capital social que le fuera de interés. Pero fácil es apalear a un don nadie, eso lo sabe muy bien el Estado, que le pregunten a la poesía del propio Vladimir.
Desde luego, hubo quienes no estuvieron muy de acuerdo con su ensayo, y se limitaron a no reaccionar o a mostrarme algún apoyo en privado; pues es claro que nadie quiere enemistarse con alguien que ya ostenta un nombre conocido, o con alguien con quien ya se ha tenido algún roce. De igual forma, es más fácil invitar a las cipotas del Centro Cultural a publicar en la revista Cultura, antes que reconocer el trabajo de alguien que no ostenta alguna jerarquía en esos grupitos literarios en los que todos se aplauden entre sí, se cubren sus mediocridades (y hasta sus inmoralidades), y dominan algún espacio al que sólo entran los cheros de copas, que los leen y adulan. ¡Ven de público a mi recital y te invito a otro! ¡No promuevas a ese autor sin invitarme, o no te comparto! ¡Acepta esta ideología o no vales nada! Ja, ja, ja, ja.
Y que no me malentienda el lector, todo grupo literario resulta de utilidad para sus integrantes y para la sociedad en general, a pesar de los vicios e hipocresías. La diversidad ideológica, estética y filosófica es fuente de riqueza, y los colectivos sin duda alguna ayudan a crecer. Lo que trato de señalar son los instintos tribales que llevan a personas inteligentes a ser parciales, a actuar con arbitrariedad y sin razón, y, por supuesto, que mueve a estas personas a buscar arduamente los defectos en aquellos que no están con ellos, y a ignorar las vigas en los propios ojos y en los de sus compinches habituales. En síntesis, nos lleva al típico “o estás conmigo, o te meto zancadilla”, o si no llegan al punto de meter zancadilla, se aseguran de no dar la mano.
En fin, la defensa del señor Amaya al señor Guzmán posiblemente responda a un sentimiento de legítima amistad o fraternidad. Pero no deja de referir en cierto grado a un estado de sectarismo literario en el que también se respira esa intolerancia que el señor Amaya censura en su ensayo. Esto no es sólo cosa de “inmadurez estética” de jóvenes, sino de cierto nivel de inmadurez de toda una comunidad de escritores, intelectuales, artistas, académicos, etc. Es, para mí, una inmadurez de nuestro medio. Y si no me creen, vean a la crítica literaria, dando pasos a como puede…
Necesitamos ser más solidarios y sinceros, tratando de amarrar a ese perro rabioso del ego a la estaca de la sensatez. Mucho agradezco a todos aquellos interlocutores que, sin ser mis amigos ni mis cheros, supieron tomar las diferencias con calma, a pesar de la braveada del momento, cuando todos nos enojamos y tratamos de salvar nuestro ego, pensando que eso es lo que somos. Sinceramente, gracias.
Pero hay que concluir.
Parafraseando todo el ensayo del señor Amaya, concluiré que hay que seguir consejo para llegar a viejo, pero no puede ser cualquier consejo. Por esa razón me permití estar en desacuerdo con el poeta Roger Guzmán y escribí y publiqué en Facebook el ensayo que les presento a continuación, el cual ha sido retocado mínimamente (corrigiendo errores de redacción y depurando mínimamente el estilo).
Quien esté en desacuerdo con el análisis que procede, está en su plena libertad de hacer uno mejor. El método queda referido, pero cada paso no es descrito a detalle, dadas las limitantes del medio para el que fue pensado. Lamentablemente, no tengo todo el tiempo que quisiera (unas 48 horas diarias) para invertir en estos trabajos, así que no accedí a la tentación de ampliarlo y detallarlo, lo cual, además, puede que llegara a ser tedioso para el lector. Ya hablé demasiado. Va casi como salió, y preparen los tomates…
Evenor Saavedra
30-11-2025
Tonacatepeque

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